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«Porque los sucesores en mi casa tengan memoria y se acuerden que assi como las dos cosas principales conque se adquiere la nobleza y se conserva son las armas y las letras» [Testamento del Condestable de Castilla]

El deber del campesinado rojo, en 1937

 

Artículo 6º de la Constitución de 1931. España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional. 

 

El deber del campesinado

Miguel Hernández

Los hombres que han trabajado las tierras de España; las tierras generalmente duras y poco productivas del agro español. Los hombres que se han dejado sus fuerzas y su salud, en el cultivo de esas tierras, por un jornal reducido o un arriendo que no han podido pagar más que quitando el pan de su boca y la sangre de sus venas: esos hombres y los hijos de esos hombres, vosotros campesinos, que hoy empuñáis el fusil, sabéis poco o sabéis nada la victoria que representa para vosotros derrotar a las clases adineradas que están frente a nuestras trincheras, bajo el nombre de fascismo. No quiero creer que la mayoría de vosotros peleáis por las diez pesetas; no quiero creer que os habéis hecho milicianos por dar de lado al arado y a la yunta o porque no habéis tenido más remedio... Sería indigno de los campesinos honrados que fuera así. Creo que habéis dejado la aldea, la mujer, el hijo y el barbecho, porque habéis visto que Juan, que Alonso, que Saturio, vuestros vecinos labradores más honrados y más perseguidos por los que han sido explotadores y dueños de vuestras haciendas, las han dejado; y los habéis seguido con el presentimiento de que junto a ellos lucháis por un porvenir de abundante pan, y justicia abundante. Pero en las trincheras veis que corre la sangre, que mueren compañeros, que se pasan malos días. Juan, Alonso, Saturio, han muerto con los dientes apretados, y unas palabras de aliento para vosotros y un insulto para sus asesinos, han sido el último rumor de sus vidas. Y vosotros no sabéis si llorar, si insultar también a los asesinos, si dejar el fusil y marchar a donde no se oiga la guerra o si dejaros matar cobardemente. ¿Por qué este decaimiento de ánimo? Sencillamente: porque no tenéis plena conciencia, pleno sentimiento de la muerte de Juan, Alonso y Saturio; de la vida de vuestros hermanos y vuestros hijos y de la maldad de los que han explotado vuestros cuerpos esclavos. En una palabra: porque no queréis la tierra.

Por hambres que pasemos, por muertes que veamos, por sangre que se nos derrame en estos días tormentosos, no podemos reaccionar como borregos, a los que todo se les va en lamentos en balidos tristes. Hemos de reaccionar como hombres que somos: hemos de salir de cada momento difícil con más empuje, con más serenidad, con más alegría. La muerte de cada compañero nuestro, debe ser un puñado más de rabia acumulado en el fusil, que siempre ha de estar atento y vigilante contra las cabezas enemigas.

A vosotros, campesinos, corresponde alentar y disciplinar a vuestros compañeros de trinchera. No los dejéis decaer, agachar la cabeza, encoger las piernas, decir palabras de desaliento. Vosotros, campesinos, por experiencia lo sé, sois los que más sabéis de sufrimientos y necesidades: sed los que sepáis dar mejores lecciones de hombría. Que ni un solo fusil se acobarde a vuestro lado. Que a nadie importe morir por la defensa de su barbecho libre, de sus manos libres para recoger el trigo y la viña.

A vosotros, campesinos, corresponde ocupar el lugar primero en los puestos de combate. A vosotros pertenece la salvación de España. Cada baja que ocasionéis al enemigo, es un palmo de tierra que se libra de tiranos y de imposiciones. Cada muerto fascista, es un montón de estiércol que tenéis para las cosechas venideras. ¿Qué abono más fino podéis desear para vuestros cultivos? Que caiga principalmente sobre vosotros campesinos, la gloria de ahogar en las trincheras al fascismo, como ha caído siempre la de ahogar en los surcos a la cizaña. La tierra, vuestra, España, vuestra y no de italianos y alemanes. Deseadlo con todo el corazón y lo será. Y no penséis en la muerte cuando la tengáis cerca más que para deciros: ¿Cómo la he de temer, si es un solo trago?

 

Miguel Hernández arenga a sus compañeros en el frente para que maten y se dejen matar.