oto: Carlos Carrión
Arturo Pérez-Reverte, la RAE y el lenguaje inclusivo
Recuperamos algunas columnas del acádemico Arturo Pérez-Reverte en las que ha expresado su opinión sobre la RAE y el lenguaje inclusivo, publicadas en su sección ‘Patente de Corso’ de ‘XLSemanal’.
“No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma
de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical,
que exige sumisión a sus delirios lingüísticos”
La osadía de la ignorancia
PATENTE DE CORSO
Una
comisión del parlamento andaluz a la que se encomendó revisar el «lenguaje
sexista» de los documentos de allí, se ha dirigido a la Real Academia
Española solicitando un informe sobre la corrección de los desdoblamientos
tipo «diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas,
funcionarios y funcionarias», etcétera. Como suele -recibe cinco mil
consultas mensuales de todo el mundo-, la RAE respondió puntualizando que tales
piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos
colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el
uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de
cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima
comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo
que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que
designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los
individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los
hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales o en
mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas,
obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas.
Aún se
detalló más en la respuesta de la RAE: que precisamente la oposición de sexos,
cuando se utiliza, permite destacar diferencias concretas. Usarla de forma
indiscriminada, como proponen las feministas radicales, quitaría sentido a esa
variante cuando de verdad hace falta. Por ejemplo, para dejar claro que la
proporción de alumnos y alumnas se ha invertido, o que en una
actividad deportiva deben participar por igual los alumnos y las
alumnas. La pérdida de tales matices por causa de factores sociopolíticos
y no lingüísticos, y el empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas,
resulta empobrecedor, artificioso y ridículo: diputados y diputadas
electos y electas en vez de diputados electos, o llevaré
a los niños y niñas al colegio o llevaré a nuestra
descendencia al colegio en vez de llevaré a los
putos niños al colegio. Por ejemplo.
Pero
todo eso, que es razonable y figura en la respuesta de la Real Academia, no
coincide con los deseos e intenciones de la directora del Instituto Andaluz de
la Mujer, doña Soledad Ruiz. Al conocer el informe, la señora Ruiz se quejó
amarga y públicamente. Lo que hace la RAE, dijo, es «invisibilizar a
las mujeres, en un lenguaje tan rico como el español, que tiene masculino y
femenino». Luego no se fumó un puro, supongo, porque lo de fumar no es
políticamente correcto. Pero da igual. Aparte de subrayar la simpleza del
argumento, y también la osada creación, por cuenta y riesgo de la señora Ruiz,
del verbo «invisibilizar» -la estupidez aliada con la
ignorancia tienen huevos para todo, y valga la metáfora machista-, creo que la
cosa merece una puntualización. O varias.
Alguien
debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las que hay en el
Gobierno de la Nación o en la Junta de Andalucía, que están mal acostumbradas.
La Real Academia no es una institución improvisada en dos días, que necesite
los votos de las minorías y la demagogia fácil para aguantar una legislatura.
La RAE tampoco es La Moncloa, donde bastan unos chillidos histéricos en el
momento oportuno para que el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia
cambien, en alarde de demagogia oportunista, el título de una ley de violencia
contra la mujer o de violencia doméstica por esa idiotez de violencia
de género sin que se les caiga la cara de vergüenza. La lengua
española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por
Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se
cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos,
donde ningún imbécil analfabeto -o analfabeta- tiene nada que decir al hilo de
intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna
academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en
todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua
extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa
tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia
política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los
académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en
el exilio. Así que por una vez, sin que sirva de precedente, permitan que este
artículo lo firme hoy Arturo Pérez-Reverte. De la Real Academia Española.
Haciendo nuevas amigas
PATENTE DE CORSO
La ventaja de vivir en España es que a veces me dan hecha esta
página, o casi. Hoy se la brindo a la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby
Europeo de Mujeres, a cuya presidenta, Rafaela Pastor, debo el asunto. Diré de
paso que escribo presidenta porque está impuesto por el uso
-por eso figura en los diccionarios- y también por ese agradecimiento del que
antes hablaba; en realidad presidenta es a presidente lo
que amanta es a amante; y que yo recuerde ahora,
sólo parturienta es de verdad parturienta y
no parturiente, pues las únicas que paren son las hembras, mientras
que amante, contribuyente, paciente o presidente,
por ejemplo, son palabras de género neutro -aquí sí es correcto decir género y
no sexo, pues hablamos de palabras, no de personas-. Pero bueno. Igual todo
esto es muy complicado para doña Rafaela. Así que para no darle quebraderos de
cabeza, iré al grano. Y el grano es que la antedicha, en nombre de la
plataforma que preside, exigió hace unos días que la Real Academia Española
incluya en el diccionario las palabras miembra y jóvena,
con este singular argumento de autoridad: «Si tenemos que destrozar el
lenguaje para que haya espacios de igualdad, se deberá hacer». Y además,
dos huevos duros.
Pero lo más bonito del aquí estoy de doña Rafaela se refiere
al latín, al que acusa de originar buena parte de los males que afligen a las
mujeres en España. El latín es machista y culpable, sostiene apuntando con
índice acusador. El español actual viene, según ella, de una lengua forjada en
una época «en que las mujeres eran tratadas como esclavas y eran los hombres
los que decidían y concentraban todo el poder». Sobre el árabe -que también
tuvo algo que ver en nuestra parla- doña Rafaela no se pronuncia: sería racismo
intolerable en boca de una feminata andalusí. Es sólo la lengua de Virgilio y
de Cicerón la que, a su juicio, «nos supone un lastre, ya que validamos
nuestra sociedad mirando siempre al pasado». Lo curioso es que, a
continuación, la señora -dicho sea lo de señora sin animus iniuriandi–
admite que ni sabe latín ni maldita la falta que le hace. Sobre la historia de
Roma, de quiénes eran esclavos y quiénes no lo eran, tampoco parece saber más
que de español o de latín; pero en política, como en Internet, cualquier
indocumentado afirma cualquier cosa, y no pasa nada. Es lo bueno que tienen
estos ambientes promiscuos. Cuantos más somos, más nos reímos.
Lo más estupendo y moderno es la conclusión de doña Rafaela: hace
falta una represión «a través de inspecciones sancionadoras» de quienes
no ajusten su lenguaje a la cosa paritaria, a las leyes de igualdad estatal y
andaluza, y a ese prodigio de inteligencia y finura lingüística que es el
Estatuto de Andalucía. En cuyo contenido político, por cierto, no me meto; pero
cuya pintoresca redacción, que incurre en los extremos más ridículos, debería
avergonzar a todos los andaluces -y andaluzas- con sentido común. O sea: para
que España sea menos machista, cada vez que yo me siento a teclear esta página,
por ejemplo, debería tener a un inspector de lenguaje sexista sentado en la
chepa, dándome sonoras collejas cada vez que escriba señora juez en
vez de señora jueza -que la RAE incluya algo en el diccionario
no significa que sea lo más correcto o recomendable, sino sólo que también se
usa en la calle-; o me haga pagar una multa si no escribo novelas
paritariamente correctas: un guapo y una guapa, un malo y una mala, un
homosexual y una lesbiana, una parturienta y un parturiento.
Y sobre todo, el latín. Ahí está, sí, la fuente de todos los males,
a juicio de doña Rafaela y su hueste. Tolerancia cero, oigan. Incluso menos que
cero. Ni un elogio más a esa lengua que, incluso muerta, sigue haciendo tanto
daño. Porque cada vez que a una mujer la despiden del trabajo en Manila por
estar embarazada, la culpa es del latín. Cada vez que una mujer taxista le
grita a otra conductora -lo presencié en Madrid- «¡Mujer tenías que ser!», la
culpa es del latín. Cada vez que hay una ablación de clítoris en Mogadiscio, la
culpa es del latín. Cada vez que un hijo de puta acosa o viola a su empleada en
San Petersburgo, la culpa es del latín. Cada vez que un capullo meapilas se
arrodilla ante una clínica de Londres con los brazos en cruz para protestar
contra el aborto, la culpa es del latín. Cada vez que un marido llega a casa
borracho, en Yakarta, y golpea a su mujer, la culpa es del latín. Cada vez que
una mujer le pega una paliza en Vigo a la mujer que es su pareja, la culpa es
del latín. Si los académicos no hubieran estudiado latín, la Real Academia
Española estaría llena de miembras, y el diccionario lleno de jóvenas. Y a las
imbéciles, con mucha propiedad, las llamaríamos imbécilas.
Sobre catedráticos y catedráticas
PATENTE DE CORSO
En este
país donde todo disparate tiene su asiento y cada tonto su momento, hay semanas
en las que te dan el trabajo hecho; momentos en los que bastan un lápiz para
subrayar o un marcador fosforito para que el artículo se escriba solo, con más
elocuencia de la que uno mismo podría ponerle. Y éste es uno de esos artículos.
No pretendo que lo lean, claro. Bastará con que lo miren. Por encima.
«Boletín
oficial de la Región de Murcia. Viernes 29 de abril de 2016. Consejería de
Educación y Universidades.
Resolución
R-323/16 del Rectorado de la U. P. de Cartagena, por la que se convoca concurso
de acceso al Cuerpo de Catedráticos y Catedráticas de
Universidad (…)
Este
Rectorado resuelve convocar el correspondiente concurso de acceso, por el
sistema de promoción interna, al Cuerpo de Catedráticos y
catedráticas de Universidad de las plazas que se detallan en el
anexo I (…)
Requisitos
de los candidatos y candidatas.
2.1.-
Requisitos generales comunes.
a.
Poseer la nacionalidad española, o la nacionalidad de alguno de los demás
estados miembros de la Unión Europea.
También
podrán participar, cualquiera que sea su nacionalidad, el/la cónyuge
de los españoles y españolas y de los (?) nacionales
de otros estados miembros de la UE, siempre que no estén separados o
separadas de derecho y sus descendientes y los (?) de
su cónyuge, siempre que no estén separados o separadas de
derecho, sean menores de veintiún años o mayores de dicha edad que vivan a sus
expensas.
Igualmente
podrán participar las personas incluidas en el ámbito de aplicación de los
Tratados internacionales celebrados por la Unión Europea y ratificados por
España en los que sea de aplicación la libre circulación de trabajadores (?),
en los términos definidos por la legislación de la Unión Europea.
Por
último, podrán participar los/las aspirantes de
nacionalidad extranjera no comunitaria cuando en el Estado de su nacionalidad
se reconozca a los españoles y españolas aptitud legal
para ocupar en la docencia universitaria posiciones análogas a las de los
funcionarios y funcionarias de los cuerpos docentes universitarios
españoles.
b.
Tener cumplidos dieciséis años y no haber alcanzado la edad de jubilación.
c. No
haber sido separado o separada, mediante expediente disciplinario, del
servicio de cualquiera de las Administraciones Públicas, ni hallarse inhabilitado
o inhabilitada para el desempeño de las funciones públicas. En el
caso de los (?) aspirantes que no ostenten la
nacionalidad española, deberán acreditar, igualmente, no estar
sometidos o sometidas a sanción disciplinaria o condena penal que
impida, en su Estado, el acceso a la función pública.
d. No
padecer enfermedad ni estar afectado o afectada por
limitación física o psíquica incompatible con el desempeño de las funciones
correspondientes a los Cuerpos Docentes Universitarios.
e.
Poseer un conocimiento adecuado del idioma español para el desempeño de la
labor docente e investigadora asignada; en su caso, se podrá exigir la
superación de una prueba que lo acredite. Quedarán eximidos o
eximidas de realizar la prueba quienes estén en posesión del
diploma de español como lengua extranjera (nivel B2 o C2) regulado por el Real
Decreto 1137/2002, de 31 octubre, o del certificado de nivel avanzado o
equivalente en español para extranjeros (?), expedido por la
administración educativa competente.
f.
Haber abonado los derechos de examen establecidos en la presente convocatoria o
acreditar la exención del pago o bonificación.
2.2.-
Requisitos específicos:
a.
Ser funcionario o funcionaria del Cuerpo de Profesores y Profesoras Titulares
de Universidad o de la Escala de Investigadores e Investigadoras
Científicas (?) de los Organismos Públicos de Investigación y
haber prestado, como mínimo, dos años de servicios efectivos bajo esta
condición.
b.
Estar acreditado o acreditada para el cuerpo docente de catedráticos
y catedráticas de Universidad. Se considera que posee la
acreditación regulada en el Real Decreto 132/2007, de 5 octubre, el profesorado
habilitado conforme a lo establecido en el Real Decreto 774/2002, de 26 de
julio, por el que se regula, etc, etc».
En fin.
Les ahorro el resto del decreto; que sigue, hasta el final, del mismo tenor y
tenora. Y es que, como dijo no recuerdo quién -o quizá fui yo mismo quien lo
dijo- una ardilla podría cruzar España saltando de gilipollas en gilipollas,
sin tocar el suelo.
No siempre limpia y da esplendor
PATENTE DE CORSO
Este
artículo de hoy es una disculpa y una confesión de impotencia. Durante los
trece años que llevo en la Real Academia Española he recibido, como otros
compañeros, numerosos comentarios, sugerencias y peticiones de ayuda. Se nos
han enviado repetidas muestras de disparates lingüísticos vinculados a la
política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente
correcta o a la simple estupidez; de todo aquello que, contrario al sentido
común de una lengua hermosa y sabia como la castellana, la ensucia y envilece.
Y debo decir, en honor a la Academia, que a lo largo de todo ese tiempo he
asistido a muchos intentos por ayudar a quienes piden consejo o amparo ante la
estupidez, la arbitrariedad y el despropósito. Por dar respuesta eficaz a las
quejas de ciudadanos indignados con el maltrato que de la lengua se hace en
medios informativos y televisiones, apoyar a padres a cuyos hijos se impide
estudiar en castellano, orientar a funcionarios de autonomías donde las
autoridades locales imponen disparates que violentan el sentido común, o
defender a quienes son víctimas de acoso por no pretender sino ejercer su
derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española.
Sin
embargo, muy rara vez la Academia ha hecho oír en público la voz de su
autoridad. Sólo recuerdo un caso en trece años, pese a que cada denuncia, cada
sugerencia razonable, ha sido llevada a los plenos de los jueves por algunos de
nosotros pidiendo intervenciones menos discretas y más contundentes. El último
debate fue antes del verano, cuando funcionarios y profesores andaluces
pidieron amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en
clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos
políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real. Eso
nos llevó en la RAE a un animado debate, en el que algunos, incluido el
director, nos mostramos partidarios de escribir una carta a la Junta de Andalucía
para señalar ese despropósito. Pero la iniciativa, cual todas las anteriores
sobre esta materia, no salió adelante. La Academia, como tantas otras veces,
volvió a guardar silencio.
Esto
requiere una explicación. En la Academia, los acuerdos se toman por unanimidad
o mayoría; pero allí, como en otros lugares, hay de todo. Eso incluye a
acomplejados y timoratos.
Es mucha la presión exterior, y eso lo comprendes. No todo el mundo es capaz de
afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el
matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios
lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios
analfabetos en las redes sociales. Lo notas en las miradas cómplices o
aprobatorias cuando planteas algo conflictivo, miradas que luego contrastan con
los silencios a la hora de mojarse o de votar. «Para qué nos vamos a meter en
política», argumenta alguno, para quien meterse en política es todo aquello que
nos lleve a opinar en público. Incluso la iniciativa -hasta hoy frustrada- de
que la RAE presente y difunda un informe anual sobre el estado de la lengua, la
consideran injerencia.
El único ejemplo reciente de coraje público lo dimos cuando Ignacio Bosque,
quizá nuestro más brillante compañero, presentó su famoso informe contra la
estupidez de género y génera. Aun así, el profesor Bosque lo hizo como
iniciativa personal, y algunos académicos se negaban a refrendarlo hasta que
tuvieron que plegarse a la mayoría. Aquello era, apuntaban como siempre,
«meternos en política».
Y es
que, como dije antes, en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que
no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en
todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la
pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos
que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre. Que acabaron ahí
por carambolas, cuotas o azares, y deben a la Academia buena parte de lo que
son, o aparentan ser, ahora.
Pero en
fin. Unos cuantos académicos lo seguiremos intentando. La RAE lo merece:
notario de la lengua española y vértebra capital de una patria de 500 millones
de hispanohablantes cuya bandera es El Quijote. A veces, es cierto, en
episodios como los que acabo de narrar, apetece coger la puerta e irse; pero no
es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dentro dando por saco,
peleando por el sentido común, llamando cada jueves pusilánimes a los que lo
son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se
les queda el culo al aire.