El Glorioso se enfrenta a un barco inglés frente a las costas de Finisterre, Pintura de Augusto Ferrer Dalmau que ha servido de portada al libro "El Glorioso" de Agustín Pacheco Fernández.
https://gallandbooks.com/libros-ii/871-el-glorioso.html
Apuntes sobre una controversia…
***
La última derrota del Glorioso
«Dicen
en la Armada que al comandante de El Glorioso no le gustaría ser recordado así.
Pero yo lo dudo»
ABC. Actualizado:15/10/2020
Jesús García Calero
Cualquier amante de la historia
de España tendrá el corazón partío. La reapertura del Museo Naval de Madrid es
una noticia largamente esperada, después de dos años de reformas que han
permitido una restauración y reordenación de sus colecciones. Se moderniza el
discurso, o el relato, como dicen los gaznápiros. Tristemente, como en
ocasiones ocurre durante las operaciones militares, se han producido daños
colaterales. En este caso, se ha descolgado un cuadro importante: «El último
combate del Glorioso», obra clave de Augusto Ferrer-Dalmau, que fue adquirida
por el Museo Naval en diciembre de 2014 y cuya presentación fue presidida ni
más ni menos que por el Rey Felipe VI. El pintor nada sabía de la ausencia de
su cuadro en el renovado museo y recibió la noticia leyendo en ABC la crónica
del pasado martes. Los responsables han tratado de justificar esa ausencia. Han
explicado que, en su opinión, es hora de más Lepanto y menos Trafalgar, que el
museo busca un equilibrio y debe resaltar las victorias en detrimento de hechos
menos gloriosos del pasado, un regodeo en el que los españoles somos consabidos
virtuosos. Pero las explicaciones parecen insuficientes para hurtar a la visita
el cuadro más fotografiado de las salas, y uno de los más populares del Museo
Naval. Además, es más que discutible que retrate una derrota.
¿Lo fue realmente? En el verano
de 1747, el Glorioso partió de La Habana con cuatro millones de pesos lo cual
convertía su captura en un sueño plateado. Que se lo digan a los ingleses.
Durante su travesía tuvo que repeler tres combates con barcos británicos en una
inferioridad de fuego tan flagrante que sobrevivir a uno solo de ellos
parecería un milagro. Cerca de las Azores se enfrentó durante dos noches
completas a tres barcos que le doblaban en potencia de artillería. Disparó mil
cañonazos. Hundió a la fragata y ahuyentó a un dañado navío. La cosa no había
hecho más que empezar. En su camino a Finisterre le vinieron otros tres y los
despachó en tres horas después de hacer una maniobra increíble cediendo el
barlovento para tender una trampa mortal al enemigo, que se retiró con el rabo
entre las piernas. El Glorioso siguió, sin bauprés y bastante dañado, pero sin
detenerse hasta entregar la Hacienda y cumplir su misión. Entonces partió hacia
Cádiz para ser reparado, algo disminuido de tripulación y corto de pólvora.
Pero con los... valores intactos. En el Cabo de San Vicente, cuatro corsarios
se lanzaron a por él. Y aún aguantó dos días y una noche devolviendo fuego
hasta que se gastó la pólvora. Ese es el momento que recoge el cuadro. Una
Numancia del mar, un valor indómito, un sentido del deber intachable. No una
derrota del capitán Pedro Mesía de la Cerda.
Dicen en la Armada que al
comandante del Glorioso no le gustaría ser recordado así. Pero yo lo dudo. Lo
que no le gustaría, a buen seguro, es que su porfía, completa, acabara en la
polémica y en la derrota que ha llevado el cuadro a un despacho de un cargo
ministerial de Defensa. Esperemos que rectifiquen y encuentren un lugar de cara
al público para tanta dignidad tan hermosamente pintada, una marina con cuatro
barcos y un solo viento. Humo de pólvora e historia cierta. Y el pabellón
español aún izado, por cierto (y una bandera inglesa en el agua).
Para salir de dudas, yo
encargaría una encuesta.
Lo echaremos de menos.
***
Los ingleses lo respetaron más
PATENTE DE CORSO
https://www.xlsemanal.com/firmas/20201031/los-ingleses-lo-respetaron-mas-arturo-perez-reverte.html
Hay torpezas
naturales e inevitables, y hay torpezas deliberadas y hasta peligrosas. La
decisión del director de la fundación del Museo Naval de Madrid de retirar el
cuadro de Ferrer-Dalmau El último combate del Glorioso de las
salas de exposición me parece de las segundas, agravada por el hecho de que el
responsable sea un almirante de la Armada española. La reapertura tras la
reforma del formidable museo, uno de los más importantes de Europa, es una
noticia espléndida, empañada por la polémica tras dejar fuera, precisamente, el
cuadro más admirado y fotografiado por los visitantes desde que fue adquirido
en 2014 y presentado de forma solemne en un acto presidido por el rey Felipe
VI.
La historia del navío Glorioso merece el soberbio lienzo que nuestro más internacional pintor de historia militar le dedicó en su momento. Viniendo en 1747 de La Habana, libró en solitario tres encuentros con doce barcos ingleses de los que hizo volar uno y hundió otro; y en el último, ya hecho polvo y sin munición, se vio obligado a arriar bandera tras un postrer combate que duró tres días y una noche, hazaña que los admirados cronistas británicos, poco inclinados a elogiar a españoles, saludaron con mucho respeto, calificándola de honrosa y extraordinaria. Con trágica belleza, el magnífico cuadro de Ferrer-Dalmau representa al navío en los momentos finales, desarbolado pero aún arriba la bandera, con los hombres peleando como fieras en la cubierta astillada y llena de humo, rodeado por barcos ingleses de los que –genial detalle del pintor– uno arrastra, indicando quién es el vencedor moral del combate, su propia bandera caída sobre el agua.
Sin embargo, quienes visiten el Museo Naval de Madrid no verán allí tan espectacular cuadro sobre la gesta del Glorioso, sino otro de menos calidad, el de Cortellini, que está lejos de representar lo que fue aquello. Interrogado sobre una decisión que suscitó protestas y recriminaciones, el director de la fundación que preside el museo se justificó con argumentos chocantes en boca de un marino de guerra español. El cuadro, según él, no encaja en la nueva orientación del lugar, que pretende «mostrar nuestra historia sin complejos y de forma equilibrada». Un equilibrio que –sugirió sin ruborizarse– se logra ocultando derrotas y mostrando victorias. De modo que, en este nuevo planteamiento positivo, el cuadro de Ferrer-Dalmau resulta inadecuado porque, siempre según la almirantesca opinión, «al comandante del Glorioso no le habría gustado verse recordado así».
Ésa es la
frase que retengo del asunto: que al comandante del Glorioso no
le habría gustado que lo recordaran así. Al escucharla pensé en las victorias y
derrotas que jalonan la impresionante historia de España, y en las lecciones
que de ellas pueden extraerse: las que nos redimen de tantos siglos de malos
gobiernos; la continua lección moral dada por el pobre españolito de a pie, la
fiel infantería, la fiel marinería, los paisanos de cachicuerna y trabuco, que
allí donde la incompetencia de sus gobernantes los puso en el tajo del
carnicero, indefensos ante enemigos poderosos, supieron con tenacidad y coraje,
no ya por la patria –concepto a veces manipulado y difuso– sino por dignidad,
deber, orgullo o desesperación, compensar con grandeza la miseria que tantas
banderas tapaban. Según lo que apunta ese almirante tan equilibrado y libre de
complejos, tampoco a los últimos soldados españoles de Rocroi les habría
gustado verse recordados cuando a pie firme esperaban la carga final enemiga,
ni a los manolos del Dos de Mayo ser inmortalizados por Goya. Tampoco les
habría gustado verse pintados en su última hora a los héroes de tantas derrotas
que, fruto de la incompetencia de sus gobernantes, encajaron solos y sin
esperanza, canturreando una jota mientras empalmaban la navaja en Zaragoza,
cargando en Annual con los últimos de Alcántara o doblando el bajo del Diamante
bajo el fuego de los acorazados yanquis. Que vaya ahora el almirante de turno a
preguntarle a Churruca cómo le gustaría verse recordado mientras se desangraba
en Trafalgar, a los últimos de Filipinas cuando al fin se rindieron en Baler, a
los marinos muertos en Cavite y Santiago de Cuba, a los pobres soldaditos del
Barranco del Lobo y Monte Arruit, a los requetés de Codo y Villalba de los
Arcos, a los republicanos caídos en el Ebro, a los paracaidistas masacrados en
Ifni, a los legionarios muertos en Edchera… Que, al menos, los museos otorguen
el consuelo de saber que a nadie en la historia lo derrotaron nunca como a un
español: la certeza de que ese heroísmo, ese orgullo violento, esa dignidad
desesperada y peligrosa, es lo único que tuvimos para compensar tanta estupidez
histórica, tanta desmemoria suicida, tanto político irresponsable, tanto
almirante mediocre y tanta infamia.
Carta-Respuesta del
Almirante Director del IHCN
Instituto de Historia y Cultura Naval
Madrid, 19 de octubre de 2020
Almirante-Director
Querido amigo:
Como habrás sabido, el día 16 hemos reabierto el Museo Naval con
un nuevo discurso sobre el que se ha producido cierto debate en las redes
sociales. Varios medios de comunicación se han hecho eco de las críticas del
escritor Pérez Reverte —él mismo uno de nuestros más admirados amigos— por no
haber seleccionado para la exposición permanente el espléndido cuadro de
Augusto Ferrer-Dalmau que representa el último combate del navío «Glorioso».
Sobre esas críticas, desde luego legítimas, me gustaría haceros llegar nuestra
propia perspectiva.
El nuevo discurso histórico del Museo Naval trata de ser
equilibrado, frente a la perspectiva anglosajona que, deudora de su propia
propaganda de guerra, maximizaba nuestras derrotas y olvidaba nuestras
victorias. Trata también de evitar los complejos que, en el pasado, llevaron a
muchos historiadores españoles a buscar excusas para justificar nuestros
fracasos; y, en el presente, a pedir perdón por los éxitos de quienes
escribieron, con el pulso propio de las épocas que les tocó vivir, la historia
de la Armada, de España y de la humanidad.
El propio Museo Naval no ha sido ajeno a estos complejos. Creado
en 1843, cuando todavía dolían las heridas de las décadas anteriores, es justo
que pusiera el acento en el heroísmo de los marinos que habían atenuado las
derrotas con su dignidad. Quizá esa urgencia ayude a explicar que, a pesar de
haber contado con la colaboración de excelentes pintores navales, el Museo
Naval no disponga de obras de arte para contar, en la Edad Media, la hazaña de
Bonifaz en el Guadalquivir; fas repetidas victorias de Roger de Lauria al
servicio de la Corona de Aragón; las dos victorias de la Rochela, contra las
marinas inglesa y hanseática, en la Guerra de los Cien Años; las de Sánchez de
Tovar frente a las escuadras portuguesas o en las costas de Inglaterra; las de
la Corona de Aragón– contra Génova o el naciente imperio
otomano; y las repetidas victorias sobre escuadras musulmanas que dieron el
dominio del mar al reino de Castilla en la Guerra del Estrecho.
Sorprende constatar que, a pesar de tantas victorias, muchas de
ellas decisivas en nuestra historia, el Museo solo dispone de un óleo de ese
largo período en el que se gestaron España y su Armada; un óleo que, además,
representa una derrota. El autor, Antonio Brugada, un artista de prestigio,
prefirió pintar la heroica muerte del almirante castellano Alonso Jofre Tenorio
luchando contra los benimerines.
En los primeros siglos de la Edad Moderna, si se exceptúa el gran
cuadro anónimo que celebra la batalla de Lepanto, tampoco podemos mostrar los
éxitos de la Armada a través de los pinceles de artistas de valía. Nuestra
mayor victoria naval en el Atlántico, la de Alvaro de Bazán en las Azores, no
ha merecido el interés de los pintores. Disponemos de numerosos cuadros y
láminas para contar el fracaso de la Gran Armada, pero ninguna obra ilustra la
Contra-Armada. Nada recuerda en nuestro Museo a héroes como Menéndez de Avilés
o Diego Brochero. No tenemos cuadros que celebren las victorias de Luis Fajardo
o Fadrique de Toledo contra los holandeses, pero sí de la victoria de Jacob van
Heemskerk en Gibraltar, inmortalizada, como la decisiva batalla de Las Dunas,
por pinceles flamencos.
Quizá la mayor gesta de la Armada a lo largo de los siglos haya
sido la continuada defensa de la carrera de Indias. Sin embargo, la única pieza
que la conmemora en el Museo nos cuenta la destrucción de una flota en la ría
de Vigo. Todos sabéis, además, la profusión de excelentes cuadros que tenemos
de las derrotas de San Vicente y Trafalgar. Ninguno, sin embargo, recuerda los
convoyes capturados por Luis de Córdova que tanto contribuyeron a la
Independencia americana, y solo recientemente se ha dado valor a la figura de
Blas de Lezo o la defensa de Cartagena de Indias. Pero no quiero ser exhaustivo
ni dar la impresión de que la Armada se siente agraviada. Nada más lejos de la
realidad.
Lo que sí pretendemos es rectificar una política cuyo efecto, no
deseado por nadie, es que hoy muchos españoles solo recuerden de la Armada su
dignidad en la derrota.
La decisión de no incluir en la exposición permanente el excelente
cuadro de FerrerDalmau se enmarca en esta nueva política, que nos lleva a
preferir presentar al público la gesta del «Glorioso» pintada por Cortellini
cuando se abría paso frente a los buques ingleses, en lugar del momento de su
derrota final frente a fuerzas muy superiores. Creemos, además, que así se
rinde un mejor homenaje a una dotación que, en la victoria y en la derrota,
supo cumplir con su deber.
Debo insistir en que la decisión en absoluto obedece a un juicio
artístico sobre el mérito de las obras. Aunque creemos que el cuadro de
Ferrer-Dalmau no ayuda a compensar un discurso histórico que ya acumula
demasiadas derrotas, sus dimensiones y espectacularidad lo hacen perfecto para
realzar por sí solo algunas de las actividades culturales de la Armada.
Queremos exhibirlo unas semanas en Sevilla, durante la conmemoración del octavo
centenario de la Torre del Oro, y presentarlo luego en la exposición permanente
del Museo de San Fernando. De allí precisamente hemos traído el cuadro de «Mi
bandera», también de FerrerDalmau, obra ésta muy emotiva para la Infantería de
Marina, que estaba insuficientemente representada en el discurso anterior del
Museo Naval.
Me complace deciros que el propio autor, de quien estamos
orgullosos de presentar dos cuadros en la exposición y cuyo trabajo admiramos,
nos ha trasladado que entiende el nuevo discurso. Contamos con su apoyo, y
desde luego con el de la Asociación de Amigos del Museo Naval, para ir poco a
poco remediando las carencias artísticas que hacen difícil que demos a conocer
la verdadera historia de la Armada. Contamos también con vosotros para
ayudarnos a explicar esta política -cuyos matices no es posible reflejar en los
ácidos debates de las redes sociales y a los que no siempre se ha hecho
justicia en los medios de comunicación- en los ámbitos en los que cada uno
podáis hacerlo. Contamos, por último, con vosotros para que animéis a vuestros
conocidos a visitar el Museo, en el que creo sinceramente que el nuevo
director, vicealmirante Marcial Gamboa, y toda su gente han hecho un excelente
trabajo
Con mi agradecimiento por el apoyo de la Asociación, te
envío un fuerte abrazo
Juan Rodríguez Garat
Almirante-Director
del instituto de Historia y Cultura Naval
Nota: las palabras en cursiva están manuscritas en el original
***
El
orgullo herido del almirante
El
escritor recapitula sobre la polémica por el destino del cuadro «El último
combate del Glorioso», de Augusto Ferrer-Dalmau
DIARIO ABC. Actualizado:14/11/2020 14:05h
Al almirante en la reserva don Juan Rodríguez Garat no le gustan
las derrotas, y tal vez por eso le cuesta admitir que su decisión de
retirar El último combate del Glorioso del Museo Naval de
Madrid fue una torpeza y una falta de consideración, no sólo hacia la obra y el
autor, Augusto Ferrer-Dalmau, sino también hacia la Armada Española, su
historia y quienes la respetan, o respetamos. Desde que a principios de
noviembre presentara en público la remodelación de uno de los más importantes
museos navales de Europa, y después de que la sociedad civil (a la que
pertenecen tanto el museo como la opinión pública y la opinión particular de
quien esto firma), le discutiese ciertos criterios sobre lo que debe y no debe
mostrar un museo español, el almirante sigue empeñado en recordarnos que está
en la reserva y tiene poco que hacer, pues agobia a los medios de comunicación
con declaraciones, cartas (lleva tres o cuatro hasta ahora) y llamadas
telefónicas pidiendo atención para su caso.
Todo eso ha retorcido el asunto de forma que, con cada intervención pública, el almirante Garat se pega a sí mismo, usando términos navales, una andanada en alguna parte: en un pie, en el otro, en una rodilla o algo más arriba. Hay que entenderlo: acostumbrado por su larga y honrosa carrera profesional a dar órdenes desde un puente de mando o un despacho, Garat cree que basta con ser almirante para que, aunque la orden sea un error o sea discutible, suenen taconazos y los subalternos callen y se pongan firmes. Pero se equivoca. La sociedad civil (a la que él sirve con su uniforme) tiene perfecto derecho, al menos en democracia, a manifestarse en desacuerdo e incluso criticar a sus almirantes cuando las decisiones de éstos le afectan o le desagradan. Y a mí y a muchísimos otros, que somos parte de esa sociedad civil, la retirada del cuadro del museo nos afecta y desagrada. Comprendo y disculpo que ahora, sin mando efectivo y sin la satisfacción diaria de hacer su voluntad a toque de chifle, el almirante no acabe de acostumbrarse a que se le amotinen a bordo. Pero fatiga demasiado que emplee su abundante tiempo libre en bombardear por teléfono a periodistas y escribir cartas de justificación con la que cada vez enreda más sus propios errores.
El Glorioso es rodeado por los británicos y castigado por el navío Russel y dos fragatas. Pintura de Augusto Ferrer DalmauUno de tales errores es afirmar que soy responsable de la
polémica, porque la retirada del cuadro de mi amigo Ferrer-Dalmau me ha causado
«una pataleta». Otra, sugerir que con mi crítica ataco al Museo Naval y a la
Armada, y no a su propia torpeza. Y otro error (temo que sólo sea el penúltimo)
ha sido denunciar «la falsa acusación que un colaborador de Pérez-Reverte ha
publicado en el Times», haciéndome el extraño honor de calificar de colaborador
mío nada menos que al corresponsal del diario The Times en España.
Y como parece que no hay nadie situado jerárquicamente por encima del almirante
Garat capaz de hacerle cerrar la boca, me veo en la obligación de intentar
cerrársela yo. Con hechos, naturalmente. También yo sé escribir cartas, y no me
impresionan los galones más o menos gruesos en la bocamanga de nadie.
Los hechos, ordenados cronológicamente, son éstos:
1. Augusto Ferrer-Dalmau es el más famoso autor español de pintura histórica. Su obra tiene fama internacional y hay largas listas de espera para conseguirla. Uno de sus cuadros figura en lugar destacado en el museo del ejército ruso, en Moscú. Hace cuatro años, y a petición del Museo Naval, Ferrer-Dalmau pintó su versión personal de El último combate del Glorioso, navío que sucumbió ante una fuerza británica muy superior tras librar en solitario una sucesión de épicos combates. El cuadro fue presentado con todos los honores por el rey don Felipe VI, y desde entonces se convirtió en una de las obras más visitadas y admiradas del museo.
2. En vísperas de la inauguración
del museo recientemente remodelado, el diario ABC advierte que se ha retirado
el cuadro del Glorioso, sustituyéndolo por otro más antiguo de
Cortellini, de menos impacto visual y donde el navío aparece vencedor en otro
combate. También se averigua que, por decisión personal del almirante Garat,
el Glorioso va destinado al despacho de un funcionario del
ministerio de Defensa. Sobre todo eso, ABC publica un artículo tan documentado
y serio como los que habitualmente firma su jefe de Cultura, Jesús Calero.
3. Al conocer la noticia me pongo
en contacto con Ferrer-Dalmau por si sabe algo de eso; y el pintor,
sorprendido, responde que nadie le ha dicho ni consultado nada y que es la
primera información que tiene. Tras lo cual, como amigo y colaborador del Museo
Naval desde hace veinte años (tiempos del querido almirante Sisiño
González-Aller, alma del museo y a quien todos parecen haber olvidado hoy), y
como íntimo del pintor, que se encuentra abatido por la desconsideración con la
que se ha hecho todo, expreso en Twitter mi protesta. Durante todo el día se
multiplican los mensajes del público en tal sentido, hasta el extremo de que la
ministra de Defensa, Margarita Robles, en un acto de delicadeza que la honra,
telefonea amablemente a Augusto Ferrer-Dalmau para asegurarle que el cuadro no
permanecerá oculto.
https://twitter.com/perezreverte/status/1316283921122955266
4. Al día siguiente, en
conferencia de prensa, el almirante Garat rectifica lo de que el cuadro irá a
un despacho, y dice ahora que será cedido alguna vez a exposiciones temporales.
También justifica su decisión de retirarlo señalando que en la nueva orientación
del museo se pretende minimizar la presencia de derrotas navales y mostrar más
victorias, y afirma que en el cuadro de Ferrer-Dalmau el Glorioso aparece
arriando la bandera (extremo falso, pues aparece combatiendo con ella izada en
el palo de mesana) y que al comandante de ese navío «no le habría gustado verse
recordado así».
5. Publico un artículo en XL
Semanal, suplemento dominical de 22 diarios del grupo Vocento incluido ABC,
titulado Los ingleses lo respetaron más, manifestado mi estupor e
indignación ante la retirada del cuadro y el modo poco elegante en que se ha
hecho, así como sobre las peregrinas y personalísimas razones esgrimidas por el
almirante Garat. Ese artículo suscita la irritación del almirante, que escribe
y difunde una primera carta reiterando las razones expuestas en la rueda de
prensa.
https://www.xlsemanal.com/firmas/20201031/los-ingleses-lo-respetaron-mas-arturo-perez-reverte.html
6. The Times publica
un artículo de su corresponsal narrando lo sucedido y resaltando que el valor
de los marinos del Glorioso fue alabado por sus vencedores
británicos, que escribieron: «Nunca unos hombres combatieron con tanto valor
como a bordo de ese barco». Ese artículo, que circula por el ministerio de
Defensa, el cuartel general de la Armada y el Museo Naval, lo reproduzco en mi
cuenta de Twitter tomado del dosier de prensa del ministerio de Defensa. Todo
eso indigna al almirante Garat, que escribe una segunda carta (casi tres
folios) que intenta difundir por todos los medios a su alcance, en la que me
acusa de haber suscitado la polémica, habla de pataleta por mi parte, insinúa
que él representa a la Armada y que los ataques a sus decisiones atacan a ésta
y al Museo Naval, y me aconseja paternalmente serenidad y madurez.
https://twitter.com/perezreverte/status/1325478922545491968
7. A esa segunda carta del
almirante Garat respondo con una nota en Twitter donde, serena y maduramente
como él me solicita, recuerdo el origen de la polémica y lamento la costumbre
profesional del almirante, ahora sin mando efectivo y en la reserva, de dar
órdenes sin que nadie se las discuta, escociéndose cuando la sociedad civil (el
Museo Naval pertenece a ella) las cuestiona. Esa nota parece indignarlo todavía
más, y durante varios días remueve el asunto, telefonea a periodistas, exige
que recojan su versión de la polémica y escribe una tercera carta que intenta
por todos los medios, aunque sin demasiado éxito, que sea recogida por los
medios informativos.
8. Simultáneamente, Garat envía
(supuestamente lo reenvía) al personal del Museo Naval un falso mensaje del
pintor Augusto Ferrer-Dalmau en el que éste le manifestaría su «comprensión» y
apoyo ante la retirada del cuadro del museo, dando a entender que el pintor
está de su parte y todo surge de un empeño personal mío. Indignado,
Ferrer-Dalmau me comenta su intención de emprender acciones legales contra
quien le atribuye semejante mensaje. Otros amigos y yo lo disuadimos de ello,
aconsejándole que no se enfangue y permanezca fuera de esta polémica, como
hemos procurado que ocurra hasta ahora. Personalidades situadas muy por encima
del almirante Garat nos expresan a Ferrer-Dalmau y a mí mismo su pesar por las
desafortunadas iniciativas telefónicas de aquél.
9. El corresponsal del Times y otros medios me piden declaraciones sobre el asunto, y me niego a hacerlas. Garat sigue exigiendo que recojan las suyas. Al fin consigue que ABC le publique una tercera carta (o una cuarta, ya he perdido la cuenta) y unas declaraciones en las que, aparte de afirmar que el corresponsal de The Times en España es «un colaborador de Pérez-Reverte», sostiene que el Museo Naval ha conseguido al fin «un discurso equilibrado de éxitos y fracasos», y anuncia, tres semanas después de su intento frustrado de enviar el cuadro a un oscuro despacho, que el Glorioso irá al museo de San Fernando, en Cádiz.
https://twitter.com/perezreverte/status/1327515090678116359
Tales son los hechos, y ninguna pataleta almirantesca, ninguna carta abierta o cerrada, ninguna llamada telefónica intimidatoria a periodistas, ningún envolverse en la bandera de la Armada (ajena a las filias y las fobias personales de Garat), puede cambiarlos. La realidad simple es que quiso esconder un cuadro que no le gusta; y no consiguió hacerlo porque una parte de la opinión pública, a la que él no quiso consultar antes y no atendió después, se niega a aceptar su discutible, y por tanto discutida, decisión (como dicen los árabes, Dios ciega a quien quiere perder). Ahora, con el agua filtrándosele por el prensaestopas, se ve forzado a rectificar e intenta justificarlo enredando, desviando y manteniendo viva una polémica que a todos aburre ya; lo que, para un alto mando de la Armada que concluye así una brillante y ejemplar carrera, es muy triste. Paradójicamente, tan desproporcionada publicidad añade al cuadro una fama y una expectación que garantizan su éxito de visitas en cualquier museo al que sea destinado. Ésa es la parte positiva. En cuanto a Juan Rodríguez Garat, el almirante que dijo que el capitán Mesía de la Cerda, comandante del Glorioso, no querría verse recordado como lo pintó Ferrer-Dalmau, ha conseguido que ahora, y tal vez para siempre, se le recuerde a él como al almirante que quiso esconder el cuadro del Glorioso, y no pudo.
https://twitter.com/perezreverte/status/1327515090678116359
JUAN RODRÍGUEZ GARAT
El
nuevo discurso del Museo Naval
«Tampoco hay prestidigitación
en el nuevo discurso del Museo. No vendemos leyendas, ni rosas ni negras, ni
pasadas ni presentes», afirma el director del Instituto de Historia y Cultura
Naval
ABC
Actualizado:13/11/2020
En el mes de octubre de 1702, una flota
angloholandesa que volvía a sus bases después de fracasar en un intento de
asalto a Cádiz, destruyó en la ría de Vigo una flota de Indias. Ocultarlo sería
falsear la historia y, por eso, una lámina colgada en las paredes del Museo
Naval da fe de lo ocurrido. Pero más falsearía la historia reducir a ese hecho
puntual los dos siglos y medio en los que la Armada mantuvo abierta la carrera
de Indias, burlando la vigilancia o abriéndose paso a sangre y fuego, año tras año,
a pesar de la oposición de los mejores marinos franceses, británicos u
holandeses. ¿Fácil? No lo parece: entre 1780 y 1781, la escuadra de Luis de
Córdova capturó dos grandes convoyes militares británicos facilitando la
independencia de los Estados Unidos. Más de los que los ingleses capturaron en
toda la historia de la carrera.
«Entre
1780 y 1781, la escuadra de Luis de Córdova capturó dos grandes convoyes
militares británicos facilitando la independencia de los Estados Unidos»
Otro mes de octubre, más de un siglo después,
la flota británica derrotó a la franco-española en Trafalgar. Dos cuadros en
nuestro Museo inmortalizan el momento. Para la propaganda de guerra del Reino
Unido, entonces enfrentado a Napoleón, esa fue su «más alta ocasión que vieron
los siglos». Para la Armada, un borrón en un currículum más que digno. Un
borrón no atribuible a la conducta de las dotaciones, digna de encomio, sino a
la inferioridad táctica de los buques de Gravina y, aún más, a la incapacidad de
la nación, que entonces atravesaba una grave crisis, para poner a los buques en
condiciones de combatir.
Por desgracia, son muchos los españoles que
conocen una historia de la Armada escrita a medida de las necesidades de la
propaganda de otros. Son muchos los que solo la recuerdan de borrón en borrón,
y eso no solo falsea nuestro pasado, sino que lastra nuestro futuro. Por eso
creemos importante que se escuche también nuestra voz.
«No
es esa España inferior la que mostramos en el Museo Naval. Ni la Armada ni
España son viejas, ni fueron incapaces, ni están vencidas»
No se trata solo de la defensa, sin duda
legítima, del prestigio de la institución. No es solo el currículum de la
Armada el que está en juego. Mucho más importante es el currículum de nuestra
nación. Un currículum que, si en el exterior contribuye a dar o quitar peso a
nuestras razones, dentro de nuestras fronteras tiene un papel aún más
relevante: el de fortalecer el compromiso de los españoles con el permanente
proyecto de futuro que es España. Quienes sabemos lo difícil que es
comprometerse con el fracaso, no podemos contentarnos con esa España inferior,
«vieja y tahúr, zaragatera y triste» que criticó Antonio Machado.
No es esa España inferior la que mostramos en
el Museo Naval. Ni la Armada ni España son viejas, ni fueron incapaces, ni
están vencidas. No fue casualidad, como algunos sostienen, el que nuestros
marinos escribieran páginas importantes de la historia de la humanidad. Como es
lógico, el Museo Naval recuerda y honra todas esas páginas, y más en tiempos en
los que se cuestionan gestas y valores desde perspectivas extemporáneas. Pero
no renunciamos a explicar al visitante que no ha llegado para la Armada el momento
de vivir de las glorias pasadas. Que los caminos del mar, como en su día la
carrera de Indias, siguen ofreciendo prosperidad a los españoles, y que la
Armada sigue siendo garantía de su seguridad.
«No
vendemos leyendas, ni rosas ni negras, ni pasadas ni presentes. Visítenos y
encontrará en nuestras salas éxitos y fracasos, sin que nos sintamos obligados
a pedir disculpas por los primeros ni buscar excusas innecesarias para
justificar los segundos»
Tampoco hay prestidigitación en el nuevo
discurso del Museo. No vendemos leyendas, ni rosas ni negras, ni pasadas ni
presentes. Visítenos y encontrará en nuestras salas éxitos y fracasos, sin que
nos sintamos obligados a pedir disculpas por los primeros ni buscar excusas
innecesarias para justificar los segundos. Venga a vernos si desea revivir
hazañas militares, navales o científicas, sabiendo que -por eso las llamamos
hazañas- solo algunas terminaron bien. En ocho siglos de servicio a España no
puede menos que haber victorias y derrotas, algunas heroicas y otras en verdad
menos honrosas porque así, de luces y de sombras, están construidas las
historias reales.
Si es polémica lo que busca, sepa que no hay
lugar para ella en nuestro Museo donde, por encima de las diferentes
interpretaciones que cada uno haga de la historia, prevalece, como mandan las
Reales Ordenanzas, el respeto que merecen los héroes que forjaron la historia y
todos aquellos que dieron su vida por España.
Sepa por último el visitante que tampoco es
tristeza lo que le ofrecemos. España ganó y perdió un imperio, pero tiempo ha
habido para superarlo. En pago de esa empresa de siglos, la historia nos ha
dejado 600 millones de hispanohablantes. Nos ha dejado algunas lecciones que
aprender e infinidad de ejemplos para encontrar un estímulo muy necesario. Nos
ha dejado, sobre todo, algunas de las raíces que sostienen el frondoso árbol
que es España, hoy sometido a vientos duros y racheados que amenazan la prosperidad
que otros crearon para nosotros.
«Decía
García de Cortázar que sería bueno que España caminara por el siglo XXI a
hombros de la historia»
Decía García de Cortázar que sería bueno que
España caminara por el siglo XXI a hombros de la historia. Lejos de toda
polémica, el Museo Naval se honra en sugerir al visitante algunos de los
hombros que, como los de Roger de Lauria, Juan Sebastián de Elcano o Álvaro de
Bazán, con mayor derecho podrían contribuir a hacer realidad el sueño del
historiador.
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https://es.wikipedia.org/wiki/Carrera_del_Glorioso
"The capture of the Glorioso", óleo del pintor británico Charles Brooking (1723-59). Pintado en 1747, se halla en el Museo Marítimo Nacional de Greenwich. En primer término aparece el barco español cañoneándose con el Russell. Al fondo, en llamas, el Darmouth. En segundo plano, tres fragatas inglesas.