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«Porque los sucesores en mi casa tengan memoria y se acuerden que assi como las dos cosas principales conque se adquiere la nobleza y se conserva son las armas y las letras» [Testamento del Condestable de Castilla]

Historia de lance y miedo en los Montes de Toledo

  

HISTORIA DE LANCE Y MIEDO EN LOS MONTES DE TOLEDO

ó

La frescura del Marqués


Por D. Alfonso Ussía (1948 - 2025)


 

Lo que principio a narrar

y les va a matar de miedo  

y angustia, tuvo lugar

en los Montes de Toledo.

 

En esos bellos parajes

de sierras y de sembrados,

los jabalíes salvajes

están mal acostumbrados.

 

Van y vienen, comen, hozan,

igual grandes que pequeños,

y las cosechas destrozan

sin permiso de los dueños.

 

Uno de ellos, el marqués

de Villafranca del Suso,

tenía un gran interés

en zanjar tamaño abuso,

y propuso a sus vecinos

organizar un ojeo

para darles a los cochinos

un merecido meneo.

 

Los vecinos aceptaron

lo que el marqués les propuso,

porque siempre confiaron

en Villafranca del Suso,

y una mañana meona

del florido mes de abril,

sin consultar con ICONA

ni con la Guardia Civil,

montaron la montería

con diez nutridas rehalas

para acabar en un día

con los guarros, por las malas.

 

Eran veinte cazadores.

A saber: Pepe Campillo,

el duque de los Alcores,

el conde de Boceguillo,

el barón de San Guzmán,

el marqués de Camprubí,

Ángel Pedro Ayestarán

y su querida, Mimí,

el marqués de Villafranca

del Suso, como es notorio;

Casimiro Torreblanca,

Juan Valdés, Tomás Osorio,

Juancho y Santi Mendiguren,

los tres hermanos Azqueta,

los dos primos Solaguren

y alguna que otra escopeta.

 

Y aquí principia la historia

que les va a matar de miedo

y hace temblar la memoria

de los Montes de Toledo.

 

2

 

 La mañana era lluviosa

—ya lo advertí anteriormente—,

y una anécdota curiosa:

Hacía un frío imponente.

 

Los postores ubicaron

a cada uno en su puesto,

que previamente sortearon

según el rito dispuesto.

 

Y aunque el biruji imponía

no quitarse ni el capote,

Ayestarán pretendía

darse con Mimí un buen lote.

 

Y le decía Mimí

a Ayestarán con gracejo:

—Nunca pasa un jabalí

por donde ha estado un conejo.

 

Y es que, independientemente

del deseo y del amor,

en Mimí era sorprendente

su sentido del humor.

 

Sonó el cuerno en las afueras

de La Mancha, y como balas,

salieron de las colleras

los perros de las rehalas,

y comenzó el episodio

que les va a matar de miedo,

y tiñó de sangre y de odio

a los Montes de Toledo.

 

3

 

 

 

Los cochinos, reunidos

urgentemente en un claro,

se mostraban prevenidos:

—Aquí sucede algo raro.

 

El jabalí más vetusto,

apodado «El Macareno»,

habló con tono de susto:

 —No me huelo nada bueno.

 

Y por miedo a una revancha,

unánimes acordaron

salir todos de La Mancha,

y la sierra abandonaron.

 

Los venados, cuando vieron

la huida de sus hermanos,

a los cochinos se unieron:

 —Nos vamos con los marranos.

 

Y juntos, compenetrados,

tras alcanzar la autovía,

jabalíes y venados

se fueron a Andalucía.

 

Y aquí empieza a madurar

la horrible historia de miedo

que un día tuvo lugar

en los Montes de Toledo.

 

4

 

Quedó la sierra vacía,

porque además de los ciervos

y guarros, la serranía

también se quedó sin cuervos,

sin urracas, sin jilgueros,

sin perdices, sin tejones,

y sin osos hormigueros,

e incluso, sin gorriones.

 

Los perros, entre jarales,

buscaban rastros, celosos,

y al no encontrar animales

se iban poniendo furiosos.  

 

Uno de ellos, un mastín

de treinta kilos de peso,

con peor leche que Caín,

sin previo aviso, y poseso

por un rencor endiablado,

con sus fauces de caimán

mató de un solo bocado

al barón de San Guzmán.

 

Y otro, un canela podenco,

de carácter nada inglés

por su origen ibicenco,

mordió a Osorio y a Valdés.

 

Los Azqueta, muy a disgusto,

con Torreblanca y Alcores,

encontraron un arbusto

de pinchos perforadores,

y en su interior se escondieron

a salvo de la jauría.

Mas los canes los olieron

y fue una carnicería.

 

El marqués de Camprubí

intentó trepar a un roble,

pero no dió más de sí,

resbaló, y se escoñó el noble.

 

Quedaron los Mendiguren

—ya habían muerto los Azqueta—,

los dos primos Solaguren

y alguna que otra escopeta.

 

Herido por el estrés

y por el lance confuso,

sufrió un infarto el marqués

de Villafranca del Suso,

que, superando el dolor

del corazón bloqueado,

se zambulló volador

en el río, y fuese a nado.

 

A todo esto, Ayestarán

y la fresca de Mimí

sobre un caliente gabán s

e amaban con frenesí.

 

Ignoraban que a los pocos

minutos, ambos de miedo,

iban a volverse locos

en los Montes de Toledo.

 

5

 

 Situación de desconcierto

y confusión colosal.

Quien no estaba herido o muerto,

estaba bastante mal.

 

Mientras tanto, Ayestarán

al no ver ni un jabalí,

seguía sobre el gabán

cepillándose a Mimí.

 

Un ruido les fue a avisar

de algo que habla en el monte;

se alzó, y se puso a otear

palmo a palmo el horizonte.

 

Mimí, que miraba al cielo,

le insistía: —¡Más, más, más!,

y él la tenía en el suelo

bien por nefas, bien por fas.

 

El ruido se oyó más fuerte,

y de pronto, de entre el monte,

—colmo de la mala suerte—,

irrumpió un rinoceronte.

 

Mimí ya estaba vestida

—era rápida Mimí—,

y al verlo dijo aturdida:

—¡Qué bestia de jabalí!

Lo dijo un tanto nerviosa

amén que muerta de miedo,

pues no esperaba tal cosa

en los Montes de Toledo.

 

6

 

Juancho y Santi, que le dieron

sin descanso a la garrafa,

ningún valor concedieron

al trote de una jirafa.

 

Y beodos, ninguno oyó

el típico ruido «plas»

de un palo que se quebró

a pocos metros, detrás.

 

Un ruido que a los Masai

les pone un tanto coléricos,

les hace gritar: —¡Caray!,

y escapar, huyendo, histéricos.

 

En su beoda situación,

los parientes Mendiguren

no advirtieron que un león

—el mayor que se figuren— e

staba detrás de ellos,

y con gran celeridad

les dejó a los dos los cuellos

partidos por la mitad.

 

El rinoceronte, en tanto,

corría en pos de Mimí

que ululaba con espanto

por su boca carmesí.

 

 Pues su amante, Ayestarán,

algo egoísta y ladino,

viendo cómo estaba el plan

se había subido a un pino.

 

 Inició Mimí un regate

para engañar a la fiera,

no pudo engañarla y ¡tate!,

¡la cogió de tal manera!,

¡de tal modo la ensartó!,

¡la empitonó de tal guisa!,

que la pobre falleció

y, además, a toda prisa.

 

 A todo esto, desde el pino,

el malvado Ayestarán

susurró tosco y mohíno:

—Me he quedado sin gabán.

 

 El animal resopló,

y tras pisar a la occisa

—repito que se murió sin sufrir,

y a toda prisa—,

ejecutó un ademán

con una, dos, o ambas patas,

y se fue hacia Ayestarán

que estaba escapando a gatas.

 

No pudo dar ni tres pasos

y el lance duró un segundo.

Lo que pasa en estos casos

ya lo sabe todo el mundo.

 

 Sangre aquí, sangre acullá,

más sangre allá, más allí,

y un poquito más acá… 

¿Qué ha pasado por aquí?

 

 ¿Qué ha podido suceder

—se preguntará cualquiera—,

para que se pueda ver

tanta sangre en primavera?

 

 Sangre humana por doquier

de todos los «errehaches»;

¿Qué ha podido acontecer,

loches, luches, liches, laches?

 

Pero ¡qué leches!, ¿por qué

la lengua se me trabuca?

¿Por qué tiemblo? No lo sé;

¿por qué me baila la nuca?

¿Por qué la idea es obstáculo

y escribir no me es posible?

Porque nunca un espectáculo

vi en mi vida más terrible.

 

 En la solana, una mano;

en la umbría, sólo un pie.

Tres cabezas en el llano

y una pierna en el sopié.

Sangre en los restos de habanos,

sangre en las bolsas de pipas…

Y más piernas, y más manos,

y más tripas, y más tripas.

 

 Espectáculo salvaje

 que describir más no puedo,

y desprestigia el paisaje

de los Montes de Toledo.

 

7

 

 De Toledo capital,

Ventas con Peña Aguilera,

y la zona comarcal

de Oropesa y Talavera.

Sólo Campillo quedaba

en los Montes de Toledo,

y sinceramente estaba

estercolado de miedo.

 

 Bueno, no sólo Campillo.

También, quieto de terror

y escondido como un grillo

estaba el Guarda Mayor,

que temblaba con un flan

de la marca «El Mandarín»

y deseaba con afán

escapar de aquel trajín.

 

 Se había dado un buen susto

creyendo ver a un marrano,

cuando surgió del arbusto

un hipopótamo enano,

que le atacó a sangre fría

en una bifurcación

donde una señal decía:

«A ciento quince, Alcorcón.»

 

 Después del extraño lance,

el Guarda Mayor huyó,

nadie pudo darle alcance

y nunca más se le vió.

 

 Huía Campillo veloz

agachando la testuz,

cuando recibió una coz

de una hembra de avestruz.

La conmoción fue tremenda

mas pudo recuperarse,

y descendió por la senda

del río, para escaparse.

 

De lo alto, se zambulló

sin prudencia y sin sigilo,

y en el agua le atacó

un cocodrilo del Nilo.

 

 En verdad, la situación

parecía un esperpento.

No tenía explicación

ni tenía fundamento.

¿Era, acaso, consecuente,

que en la sierra toledana

deambulara impunemente

toda la fauna africana?

 

Según después se ha aclarado,

sí había una explicación.

Las fieras se habían fugado

«Safari del Rincón».

 

 Llegaron hasta una sierra

vacía, que era una joya,

les declararon la guerra

y allí se armó la de Troya.

 

8

 

 Cuando al marqués se le dio

de alta en el hospital,

la autoridad lo arrestó

y lo encerró en un penal.

 

 A las fieras evadidas

del «Safari Park» les dieron

una serie de batidas,

y toditas perecieron.

 

 Los cazadores difuntos,

o los trozos que quedaron,

fueron enterrados juntos

y sus deudos, los lloraron.

 

Los venados y cochinos

volvieron a sus hogares,

y también los estorninos,

las alondras, los ansares,

las urracas, los jilgueros,

las perdices, los tejones,

y los osos hormigueros,

e incluso, los gorriones.

 

Así que de este entremés

que parece obra de un ruso,

sólo se salvó el marqués

de Villafranca del Suso.

 

Y aquí es juicioso acabar

este atroz cuento de miedo

que un día tuvo lugar

en los Montes de Toledo. 

 ***


 ***

APOSTILLA:

Ussía se atrevió también con el cuento versificado exhaustivo. En su caso, defiende la revolución de los animales y su victoria sobre los cazadores. Una serie de circunstancias pasmosas y casualidades tremendas tiñen de sangre los Montes de Toledo. Un auténtico disparate en homenaje a Melitón González, Joaquín Abati, Montenegro, Vital Aza y compañía. Los animales se rebelan. Las reses de nuestras manchas serranas adoptan una decisión terminante. 

Los hombres se encuentran con las solanas deshabitadas y las umbrías muertas y silenciosas. Cazadores cazados. Los portones abiertos de un Safari Park acentúan el dolor y la catástrofe. Muerte por doquier. Un desastre sin paliativos. La venganza de la naturaleza contra el hombre se consuma. El mundo al revés, como en los versitos de Goytisolo. Érase una vez un lobito bueno, al que maltrataban todos los corderos. Y había también un príncipe malo, una bruja hermosa y un pirata honrado. De cuando en cuando, la realidad demanda ser descoyuntada. 

El bosque animado de Wenceslao Fernández-Flórez se desanima repentinamente. Y hasta los pájaros, reyezuelos, verderones, petirrojos, se unen a la protesta, a la huelga general convocada por los jabalíes como consecuencia de un grave incumplimiento de las normas por parte de la patronal, compuesta por propietarios y cazadores.