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«Porque los sucesores en mi casa tengan memoria y se acuerden que assi como las dos cosas principales conque se adquiere la nobleza y se conserva son las armas y las letras» [Testamento del Condestable de Castilla]

EL AYUDANTE MATÍAS MARMOLEJO (1640).

 

AVISO AL LECTOR:

Divulgamos uno de los sesenta y seis relatos de un libro ameno y sorprendente, HÉROES DE FILIPINAS, publicado en 1888; obra del Coronel Teniente Coronel D. Pío A. Pazos Vela-Hidalgo (1841 - ¿1903, 1913?).

Trata de un sucedido coetáneo con el Capitán Alatriste.

El lector tiene acceso al libro original, digitalmente, en la Biblioteca Nacional de España (BNE), y en Google.

Una selección de los capítulos se publicó como suplemento a la Revista EJÉRCITO en 1985.


EL AYUDANTE MATÍAS MARMOLEJO. 

 

El Capitán General, Gobernador del archipiélago filipino don Sebastián Hurtado de Corcuera, comisionó el año de 1640 al oidor de la Real Audiencia de Manila don Diego de la Rosa, la importante comisión de una minuciosa visita á todos los establecimientos militares, llevando amplios poderes para hacer desde luego cuantas modificaciones creyera oportunas.


Cuando el oidor de la Rosa llegó á Zamboanga después de haber visitado los destacamentos de Terrenate y las Molucas, que pertenecían á la Capitanía general y Cobierno de Filipinas desde el año 1605 que las reconquistó don Pedro Bravo de Acuña del poder de los holandeses que las habían arrebatado á los portugueses; se enteró de la comprometida situación en que se encontraba el fuerte de Buhayan, enclavado en el centro de aquella bélica sultanía que regía el desleal sultán Cachil-Corralat, por lo que se apresuró á enviarle un refuerzo de cincuenta soldados españoles, al mando del joven Ayudante Matías Marmolejo, que con un champan y dos lanchas hizo rumbo á Simuay, pueblo de residencia y corte de aquel sultán en el rio Buhayan (hoy Rio Grande de Mindanao); pero como las lanchas fueran de marcha muy pesada y demorasen su camino, arribó impaciente á la Sabanilla, y contraviniendo las terminantes órdenes que llevaba de navegar siempre en conserva con las tres embarcaciones, trasbordó los efectos y gente de las lanchas al champan, y dos lancanes, y continuó el viaje, hasta embocar el rio de Buhayan, donde dio fondo.

Haciendo el joven Ayudante uno de aquellos alardes de valor de que tanto se abusaba, envió un reto personal al sultán Cachil-Corralat, que irritado con aquella insultante arrogancia, se apostó en uno de los tornos del rio por donde era preciso el paso de Marmolejo, con muchas embarcaciones pequeñas y siete grandes joangas, en unión de Manaquior, príncipe de los manobos.


Cansado Marmolejo de esperar la contestación de su reto, y en la creencia que no era aceptado, emprendió dos días después el trabajoso ascenso del rio, por la gran fuerza con que corren sus aguas a desembocar en la gran bahía Illana, y al cuarto día se encontró cerrado el paso por la numerosa escuadra enemiga, cuyos tripulantes atronaban el espacio con sus salvajes alaridos de alegría y amenazas, haciendo cual costumbre sus fieros de posturas y saltos acuchillando el aire con sus relucientes armas; pero ni el crecido número del enemigo, ni sus gritos, ni sus contorsiones y visajes, intimidaron en nada el valeroso brío del joven Ayudante ni el de sus subordinados, y dando fondo al champan, se prepararon á recibir dignamente el ataque cuya tardanza ya les impacientaba.

Dos grandes joangas que eran las que montaban y mandaban personalmente el sultán Cachil-Corralat y el datto príncipe de los manobos Manaquior, fueron las primeras en avanzar resueltamente al abordaje, pero la actividad y acierto de los cinco cañones y veinte pinzotes (pedreros) de que iba armado el champan, les obligó á desistir del propósito, y á retirarse atemorizados por el crecido número de bajas que se les causó, entre ellas la muerte de un hijo del príncipe manobo, joven valiente y querido, y de grandes esperanzas entre los suyos para el porvenir.

Aquella noticia cundió instantáneamente entre los combatientes, que interpretando aquella desgracia como un mal presagio, causó tal desaliento en los fanáticos moros, que de haber tenido allí Marmolejo las dos lanchas que había dejado en el fuerte de Sabanilla, hubieran decidido desde luego la victoria á su favor, mas reanimados los mindanaos con las voces y amenazas de sus caudillos, volvieron al combate con nuevos bríos.

La noche se aproximaba y el valiente Marmolejo rodeado de muertos y heridos, continuaba aquel desigual combate provocado por su temeraria imprudencia con la misma serenidad y entusiasmo que lo había empezado, utilizando el único cañón que le quedaba servible, hasta que también fue desmontado por una pieza de á diez que montaba la joanga del sultán, de cuya decisiva ventaja se aprovecharon los moros para dar el abordaje.

El príncipe Monaquior deseoso de vengar la muerte de su hijo, fue el primero que con los manobos, pisó la cubierta del champan cristiano, matando de un campilanazo al jesuita P. Bartolomé Sánchez, que se postró resignado á recibir el golpe que no podía evitar: los pocos españoles que aún quedaban con vida, hicieron el último esfuerzo y murieron como héroes, quedando únicamente prisioneros el Ayudante Matías Marmolejo con seis soldados, para quienes el mismo Cachil Corralat pidió se les respetase la vida, prendado de tanto valor.

El joven Ayudante Marmolejo se había portado como un héroe en aquel singular combate, pero su imprudente temeridad, fue causa de la muerte ó prisión de la gente que se le había confiado á sus órdenes y dirección, privando con su proceder al fuerte de Buhayan, de un auxilio necesario, y cuyas consecuencias fueron fatales.

El Comandante de las fuerzas marítimas de Zamboanga don Pedro de la Mata y Vergara se encontraba en aquellas circunstancias cruzando sobre las costas de Mindanao, y habiendo arribado á la Sabanilla fue enterado de la derrota y prisión de Marmolejo: temeroso entonces por la suerte del apurado destacamento del fuerte de Buhayan, pasó sin dilación á aquel rio, y convencido de la imposibilidad de que pudiera sostenerse, por falta de gente, víveres y municiones, ni aun el tiempo indispensable para la llegada de los auxilios, entró en negociaciones con el Sultán Cachil-Corralat, que le entregó todos los españoles cautivos que tenía en su poder, con sus criados, y dejó retirar sin impedimento á la Sabanilla el resto de la guarnición del fuerte de Buhayan que antes fue demolido.

Al saber el Capitán General-gobernador del Archipiélago, la funesta derrota del ayudante Marmolejo, y comprender la influencia funesta que aquel desgraciado suceso había de ejercer en la conquista y pacificación de aquella parte de la Isla de Mindanao; ordenó se procurase su rescate, aun cuando costara tres mil reales de ocho, para ser como ejemplar castigo ajusticiado como infractor á las órdenes superiores de que había sido encargado de cumplir para que aquel vigor sirviera de temor á la demasiada frecuencia con que imprudentes temerarios jefes de expediciones, más deseosos de saciar su vanidad personal alcanzando renombre de valientes, que del bien y progreso de la conquista, se arriesgaban en empresas temerarias.

Aquella cruel pero necesaria sentencia, se llevó á efecto en la plaza pública de Zamboanga, donde fué decapitado el valeroso joven ayudante Matías Marmolejo.